Despertar de la Distracción: Regresemos a Pensar

No estamos perdiendo el tiempo: estamos entregándolo. La tragedia no es que estemos distraídos: es que ya nos acostumbramos a vivir así.

Hoy escribo para cerciorarme de que mi cerebro aún es capaz de generar ideas sin preguntarle todo a ChatGPT. Quiero comprobar que todavía puedo hilar mil palabras sin voltear a ver el celular, sin perderme en ese infinito scroll donde ya no solo veo tonterías: personas en busca de mi atención, estímulos diseñados para mantenerme despierto pero no consciente.

Y ahora, como si no fuera suficiente, también existe contenido creado con inteligencia artificial que no sé por qué me mantiene hipnotizado, mirándolo como idiota, como el mosco que choca una y otra vez contra el bombillo.

Entretenimiento sin atención

Siento que estoy dejando de usar mi cerebro. Y tal vez no soy el único, porque se nota en la música, en el arte e incluso en la manera en que nos expresamos.

Pago tres plataformas de streaming para tener los estrenos y “disfrutarlos” por la noche: la escenografía, la música, el guion, las actuaciones. Todo eso que debería sentirse como un ritual, como un placer real. Y al final no le pongo ni dos gramos de atención. Termino en TikTok viendo tonterías que no recordaré mañana, mientras la televisión se queda de fondo, haciendo ruido para anestesiar la soledad.

El caballo de Troya en el bolsillo

Photo by From Salih on Pexels.com

“Temo a los griegos incluso cuando traen regalos.”
— Virgilio, Eneida

Qué bendita época para estar vivos… y qué poco estoy viviendo.
El celular ha sido el caballo de Troya perfecto. Lo dejo entrar como el mejor regalo y le entrego mi atención, mi salud mental y mi limitado tiempo a cambio de prácticamente nada.

Antes podía sentarme a leer tranquilamente dos horas; ahora apenas termino un capítulo cuando la ansiedad ya me está gritando que abandone esas ideas confusas y difíciles de razonar por una dosis de cuarenta y cinco minutos en redes sociales. O peor: que le pregunte a ChatGPT el final del libro. O algo todavía más humillante: que me explique la película, por favor, porque no fui capaz de hacer lo más básico: sentarme y mirar.

Los absurdos modernos

Y entonces la vida se empieza a llenar de absurdos. Mandarle un WhatsApp a mi mamá para darle las buenas noches cuando está en la habitación de al lado. Tomarme una foto perfecta para darle valor existencial a un viaje. Dejar que la comida se enfríe mientras le tomo fotos y las publico en mis historias solo para decirle a la gente que sigo vivo, que sigo existiendo. No vaya a ser que me olviden.

Lo más ridículo es que, en el fondo, ni siquiera me interesa ver lo que publican los demás. Solo quiero que me vean, aunque yo no vea. Solo quiero existir en el reflejo de una pantalla.

La anestesia que cabe en la palma de la mano

No es solo el tiempo lo que se va: se va la atención. Se va la calma. Se va la capacidad de estar con uno mismo sin sentir incomodidad.

Antes podía aburrirme sin prisa; ahora, cuando intento hacerlo, siento que mi mente se rebela. Como si el silencio fuera un castigo. Como si pensar fuera una actividad demasiado pesada para el cuerpo, y entonces el cuerpo pidiera anestesia: rápida, brillante, sin esfuerzo. Una anestesia que cabe en la palma de la mano.

A veces me da risa, y a veces me da miedo. Porque la comedia dura poco. Lo que sigue es el vacío. Y el vacío es un animal hambriento: si no lo alimentas con sentido, te devora con distracción.

La vida como pose

Photo by Simona Kidriu010d on Pexels.com

Un absurdo moderno es que a veces cuido a Rufina, mi perra, como si fuera humana. No es que me molesten los perros —los amo—, lo que me inquieta es lo que simboliza. ¿Ya no somos capaces de construir familias y entonces llenamos ese hueco con sustitutos?

Tenemos tanto que hasta la pobreza empieza a volverse un privilegio. Nos bañamos con agua fría no por necesidad, sino porque está de moda. Ayunamos para adelgazar, para que el cuerpo genere cetosis, como si fuera una aventura bioquímica. Seríamos una broma frívola para quienes sobrevivieron a la gran hambruna.

Cuando el progreso se vuelve jaula

No me malinterpretes: no estoy en contra del progreso, ni de la tecnología, ni de cuidarse. El problema es cuando el progreso se convierte en un sustituto del alma. Cuando la tecnología deja de ser herramienta y se vuelve jaula. Cuando el cuidado del cuerpo deja de ser salud y se vuelve ansiedad estética. Cuando todo se convierte en pose, actuación y máscara.

La razón humana en peligro

Hemos avanzado tanto en la lucha por el confort que ahora deseamos dejar de pensar. Y en esa comodidad mental hemos creado la inteligencia artificial, como si fuera la culminación del sueño: que alguien más haga el trabajo pesado por nosotros.

¿Qué pensaría Aristóteles? Él afirmaba que un ojo es un buen ojo porque logra ver, y un humano es un buen humano cuando usa su razonamiento. Esa es la diferencia entre nosotros y los demás animales: la capacidad de pensar, comprender, reflexionar y dominar el impulso. Y, poco a poco, la estamos dejando de usar.

Tengo miedo. No es exageración. Me preocupa descubrirme viviendo cada vez más como un absurdo que como un humano. Tal vez la IA se quedará… y nosotros terminaremos siendo simples changos incapaces de ver una película sin tocar el celular.

El cuchillo y el exilio

Hemos perfeccionado los medios y confundido los fines.

Los inventos son importantes. Usarlos bien también lo es.

Pienso en cuando, hace miles de años, se inventó el cuchillo. Algunos lo usaron para mejorar sus capacidades: recolectar más bayas, cortar mejor la carne, sobrevivir. Otros lo utilizaron para amedrentar, asaltar o matar a sus compañeros. Eso rompía el contrato social y, muy probablemente, terminaba en el exilio: un castigo que casi siempre significaba la muerte.

Hoy pasa lo mismo con la inteligencia artificial.
Si la usamos para potenciar nuestro conocimiento, para generar diálogos que nos obliguen a pensar, para evaluar nuestro esfuerzo y trabajar mejor, tendremos una ventaja real. Pero si la usamos para que piense por nosotros, si confiamos ciegamente en sus respuestas y dejamos de razonar, terminaremos exiliados del pensamiento… y de la vida laboral más temprano que tarde.

Volver a pensar

Photo by Startup Stock Photos on Pexels.com

“Pues quien vive sin pensar no puede decir que vive”.

Calderón de la Barca

Ese es mi mayor enojo en este momento: descubrirme comiendo una bolsa de frituras mientras “veía” una serie en HBO y perdía el tiempo scrolleando en el celular.

Desperté de ese canto de sirenas con un dolor abdominal causado por la ingesta de basura. Aletargado y aturdido, decidí sentarme a escribir. A obligarme a pensar. A hilar mil palabras. A recordarme la importancia de razonar.

Esto no se trata de odiar el celular. Se trata de recuperar el timón. De volver a ser dueño de mi atención. De practicar frugalidad no solo en el dinero, sino en el consumo de contenidos, en las distracciones, en los alimentos, en las bebidas, en todo lo que no suma o que entorpece el cerebro.

Se trata de volver a lo esencial: leer, observar, pensar, estar presente. No para ser perfecto, sino para ser humano.

Estamos dejando de usar el cerebro… y eso es peligroso. Pero como decía Shakespeare:

“Un peligro previsto está mitad vencido”.

¿Te atreves a estar 30 minutos sin teléfono hoy?
Esta semana, todos los días, hagamos al menos 30 minutos sin teléfono. Leer, caminar, ver una película sin tocar la pantalla. Mejor aún: apagarlo. Volver a escucharnos.

El cerebro todavía sirve.
Solo hay que volver a usarlo.

Categorías Personal, Sin categoría

Deja un comentario

search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close