Acumular Pasado

“No perdamos nada del pasado.
Sólo con el pasado se forma el porvenir.”

Anatole France

El otro día, mirándome al espejo, dos pequeños destellos de luz me obligaron a remirar mi barba. Entre las hebras oscuras distinguí dos hilos blancos. Después encontré mis ojos en el reflejo y, con una mezcla de sorpresa y desconcierto, entendí algo tan evidente que me avergonzó no haberlo notado antes: me estoy haciendo viejo.

No sé si sea la comida chatarra, el alcohol, la exposición constante al sol o simplemente el desgaste natural del tiempo. Tal vez sea todo junto. Tal vez no importe. Lo cierto es que está pasando.

Como ocurre casi siempre en estos momentos, el pensamiento inmediato se fue hacia lo que no hice, lo que pude haber sido y ya no será: atleta olímpico, genio matemático, cualquiera de esas fantasías que solo se intentan cuando la juventud todavía permite el error sin consecuencias.

Después vinieron las cuentas pendientes. Los comportamientos erráticos. Las malas decisiones. Los errores que hoy se ven claros y que, en su momento, parecían inevitables. Y, como telón de fondo, esa frase tan repetida que nos han vendido como consuelo moderno: el pasado estorba, hay que soltarlo, borrarlo, superarlo.

Pero en esa reflexión entendí algo simple y brutal: nadie construye nada sólido ignorando lo que ya pasó.


El pasado no es lastre, es cimiento

Vivimos en una época obsesionada con el “reinicio”. Reiniciar la carrera, la relación, la identidad, la vida entera. Como si el pasado fuera una aplicación defectuosa que se puede desinstalar sin consecuencias. Sin embargo, tanto en la vida individual como en la historia de los pueblos, el pasado no desaparece: se acumula.

Las civilizaciones no avanzan porque olvidan, sino porque recuerdan mejor. La humanidad no progresa a saltos limpios, sino como una construcción irregular, hecha de aciertos, errores y correcciones constantes. El futuro no es prometedor por ser nuevo, sino porque carga siglos de experiencia humana.

Existen ejemplos incómodos, pero necesarios, de cómo incluso los orígenes más oscuros pueden convertirse en cimiento. Dos de ellos son la conquista de México y el desarrollo de la transfusión sanguínea.


La conquista y la memoria

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Durante generaciones se nos ha enseñado a mirar la conquista desde el resentimiento: la caída de Tenochtitlan, la violencia, la imposición cultural. Y todo eso ocurrió. Negarlo sería absurdo. Pero reducir ese proceso histórico a una narrativa de culpa heredada es intelectualmente pobre y emocionalmente estéril.

La conquista no fue un evento simple de “españoles contra aztecas”. Fue una guerra compleja, con alianzas indígenas decisivas —como la de los tlaxcaltecas— y con un trasfondo político que ya estaba fracturado antes de la llegada europea. El imperio mexica no era un paraíso idílico; era una estructura de dominación que mantenía sometidos a numerosos pueblos mediante tributos, guerras constantes y violencia ritual.

La conquista fue una catástrofe demográfica sin precedentes por las epidemias. Sin embargo, también fue el punto de partida de una nueva realidad histórica. Y de una identidad nueva: el mexicano.

De ese proceso —doloroso, injusto, contradictorio— nacimos nosotros. Nuestra lengua, nuestras costumbres, nuestras instituciones e incluso nuestras contradicciones son producto de ese mestizaje forzado. Renegar del pasado colonial no nos hace más libres; nos deja sin explicación. No somos víctimas puras ni herederos inocentes: somos resultado.

Tal vez, en lugar de cargar resentimientos que no nos pertenecen, deberíamos asumir una postura más madura: entender el pasado para habitar mejor el presente.


La guerra, la sangre y la vida

Otro ejemplo, menos simbólico pero igual de contundente, es la Primera Guerra Mundial. Fue una guerra total y devastadora que causó la muerte de alrededor de 17 millones de personas y dejó más de 20 millones de heridos.

Sin embargo, de ese horror surgieron avances médicos decisivos. En 1917, el médico Oswald Hope Robertson creó el primer banco de sangre funcional en un campo de batalla, sentando las bases de la transfusión moderna.

Hoy, la Organización Mundial de la Salud estima que cada año se realizan 118 millones de donaciones de sangre en el mundo. Una sola donación puede ayudar hasta a tres pacientes, lo que significa que anualmente se benefician cientos de millones de personas. Se calcula que la transfusión sanguínea ha salvado entre 1,000 y 2,000 millones de vidas.

El origen fue horrible. El resultado, invaluable.
Por eso la memoria importa.


El porvenir como acumulación

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Como escribe Juan Villoro en No soy un robot:

“Lo fascinante del porvenir es que contiene más pasado.”

Esa frase resume algo que solemos olvidar: el futuro no es una ruptura, es una continuidad. No es una huida hacia adelante, sino una síntesis. Y mientras más avance la humanidad, mayor será ese acumulado de pasado que hará posible un porvenir todavía más complejo —y más prometedor—.

Y lo mismo ocurre a nivel personal.

Durante muchos años soñé con escribir y vivir de ello. Desde la adolescencia, para ser honesto. Pero cuando uno es joven, el mundo todavía no pesa. A los dieciséis años, el mayor drama puede ser un corazón roto o reprobar biología —dos veces—. No hay profundidad porque no hay recorrido. No hay historia porque todavía no hay pasado suficiente.

Hoy, con estas dos canas recién aparecidas, entiendo algo que antes no podía: la experiencia es el verdadero capital del escritor y del ser humano. Las malas decisiones, los errores, las noches perdidas, las relaciones mal cerradas, las vergüenzas, los fracasos. Todo eso que antes parecía desperdicio, con el tiempo se convierte en materia prima.

Nada se pierde si se entiende.

Los grandes autores lo sabían. Ernest Hemingway escribió desde la guerra, el alcohol, el amor mal resuelto, el desgaste físico. No desde la comodidad. Albert Camus convirtió el absurdo de su tiempo en literatura porque lo vivió, no porque lo evitó.

La vida no nos forma a pesar del pasado, sino gracias a él.


Vivir no es esperar

Y entonces entendí algo más profundo, algo que explica incluso las ganas de seguir viviendo.

La vida no es esperar a que las cosas mejoren.
No es vivir solo para alcanzar un sueño futuro.
Es vivir de tal manera que acumulemos pasado.

Más historias.
Más experiencia.
Más vida.

Despertar cada día no para “optimizarse”, sino para vivir conscientemente. Dejar que las horas se conviertan en relatos. Permitirse errores nuevos, aprendizajes incómodos, decisiones imperfectas. Porque solo así, con el paso del tiempo, aparece algo parecido a la sabiduría.

Algún día, cuando mi barba esté llena de canas, me gustaría poder contar una anécdota —orgullosa, hilarante o estúpidamente mala— por cada una de ellas. No como arrepentimiento, sino como testimonio.

“Ahora: una palabra curiosa para expresar todo un mundo y toda una vida.”
Ernest Hemingway


A favor del riesgo consciente

Y no es una justificación, pero cada cumpleaños es un año menos. No para vivir con miedo, sino con intención.

Hagamos locuras —no idiotas—.
No se trata de destruirse, sino de arriesgar con sentido.
De buscar experiencias que alimenten, que hagan crecer, que hagan reír.

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Comer comida de verdad. Cuidar el cuerpo para que la estancia sea larga. Cuidar la mente para que valga la pena. Entender que el verdadero lujo no es la perfección, sino haber vivido lo suficiente como para tener algo que contar.

Porque, al final, el futuro no se construye negando el pasado.
Se construye honrándolo.

Y la vida —con todo y sus errores— sigue siendo para disfrutarse.


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